correo@zarzadegranadilla.com Portada
Categoría: Botas mochila y bastón
RUTA ZARZA-RIOMALO DE ABAJO
Autor: Juan Carlos Cambero

A uno que no le incomoda dormir en la pensión de Las Estrellas aprovecha para reivindicar una generación que no ha nacido escuchando los teléfonos celulares o móviles.

Reivindico el estado de lo puro, no el estado de la necesidad en el que parece estamos inmersos, por llamarlo de alguna otra forma: el estado del miedo y del si te pasa. En definitiva el estado al control personal al que estamos sometidos.

Digo todo esto por que lo único que me ha enturbiado esta magnifica experiencia de subir en barco de vela hasta el final del embalse de Gabriel y Galán, ha sido el teléfono móvil. No digo que no esté bien el invento, pero en su justa medida; lo que no está bien es ser dependiente de él. Ni lo tengo ni pretendo tenerlo.

Cada día me da la sensación de que o he nacido en otro mundo o esto está cambiando demasiado deprisa, con lo que a cada acto que hago es como si fuera una heroicidad o me fuera alguna guerra sin fusil. Cuento algunos comentarios dichos a raíz de salir un sábado por la mañana y volver un domingo, para recorrer más de 60 kilómetros en barco de vela por terrenos “civilizados”.

- Y si te da un mareo. –uno-.

- Y si te da algo y ruedas y ruedas y te caes al agua. –encima del barco ruedas-.

- Me soñaba que estabas metido en el saco y te caías al agua, y como eres tranquilo poco a poco bajabas la cremallera del saco y subías a la superficie. –primero me ahogas y después me salvo yo solo-.

- Y si sube una serpiente y te pica. –por estos lugares serpientes acuáticas y venenosas, toda una novedad-.

- Etcétera. Otros al enterarse no hacían comentario alguno, tan solo abrían los ojos en exceso.

Me llevé el móvil de la señora, por eso de que se quedara tranquila.

A eso de las 14 horas del sábado oigo un ruido. En un principio pensé que era algún pájaro o similar, pero al hacer diversas comprobaciones mentales rápidas… ¡el móvil!. No lo cogí.

Vuelve a eso de las 16 horas cuando estaba comiendo, en la cabecera del embalse, encima del barco con las velas bajadas. Contesté entre otras cosas:

- Hasta las diez no vuelvas a llamar…

Como un reloj, vuelta la burra al trigo.

- Que me he quedado sin viento y estoy pinchado antes de llegar a la sajunta de La Pesga, en media hora fondeo y paro a dormir.

A la media hora la musiquilla fastidiando la tranquilidad de la noche:

- Que ya estoy metido en el saco.

Metido en el saco… ¡mentira!. Estaba boca arriba en la cubierta del barco viendo un cielo excesivamente estrellado; digo “excesivamente” porque aunque desde cualquier pueblo se vean las estrellas, desde un lugar donde no hay luces se ve el firmamento más nítido. ¡Y cada día más aviones y satélites!.

En esas estaba yo, navegando en un cauce de plata como a dos kilómetros hora y custodiado a los lados por una “negrura” a la que no podía arrimarme.

Reivindico esa tranquilidad que no me dejaba dormir, a pesar del cansancio acumulado de un día de sol y navegación.

Granadilla en su atalaya natural coronada por su castillo y su iglesia. Es lo primero notorio que se ve después de la salida desde el paraje conocido como “Los Membrillares” a 6 kilómetros de la salida.

Dejando Granadilla atrás y entrando en el canal que hace el río Alagón, al fondo el monte Calama.

En cielo parece nublarse y el viento que estaba de norte roló para hacerlo de sur-oeste. Par mí la mejor opción porque el viaje lo iba hacer con viento en popa, tan solo tener cuidado con las trasluchadas (cambio de vela de estribor a babor o viceversa) no fuera que alguna me diera la vuelta al barco, y eso sería un contratiempo nada apetecible. El barco, como cualquier otro medio, también tiene sus riesgos; riesgos que hay que tener en cuenta porque sino te pueden llamar fácilmente “descerebrado”.

Un viento que iba hacer que el trayecto durara 4 horas, consiguiendo una velocidad máxima de 26 km/h (punta) y una media de 6’5 km/h. Esta baja media viene como consecuencia de las distintas bordadas que hay que hacer llegando a la cabecera y meterse en los diversos meandros que hace el río Alagón en tierras de la comarca de Hurdes.

Navegando por el río Alagón totalmente encajonado, pasando “la sajunta” que es el desvío que lleva a La Pesga (hasta aquí otros 6’5 kilómetros más), pasando también la desembocadura del río Hurdano (otros 2’5 kilómetros) llego a la alquería anegada de Martinebrón. Esta es una vista de lo que el agua no hace suyo, las ruinas del Ayuntamiento-Escuela, lo demás está bajo el agua y se puede ver en esta misma sección de la dirección web (http://www.zarzadegranadilla.com/zarzamartinebron.html); así os hacéis una idea de cuando hay agua y no la hay.

Como dato, decir que pasado el río Hurdano (margen izquierda) y el arroyo de Diganzales, Jhaiganzales para los zarceños (margen derecha), entramos en termino de la provincia de Salamanca, término que a la izquierda es de la provincia de Cáceres hasta que no se llega a Riomalo. Hablando del curso hacia el nacimiento del Alagón, más allá de “Los Puentes del Alagón”.

El famoso meandro del Melero (Salamanca) tan retratado desde la parte accesible de Cáceres, éste es visto desde el agua. Todo un privilegio tanto para la vista como su recorrido, parece que estas dando la vuelta a una plaza de toros.

Aquí dos fotos de los varios meandros que hace el río Alagón en la cabecera del embalse de Gabriel y Galán.

Pasando la alquería de Martinebrón, se entra en sucesivos meandros donde la navegación se hace un poco complicada por la estrechez y encajonamiento del curso del río, aún embalse. En el paisaje de la segunda fotografía observé varios buitres negros volando y un leonado. Uno de ellos se posó en la zona pedregosa de la derecha.

Casi al final del embalse y como fondo la Sierra de Francia (Salamanca).

Viejo lagar de aceite al final del embalse, muy cerca de Riomalo de Abajo. Entre los árboles del interior se observa una pieza oxidada, es la prensa de extracción del aceite.

Nacra 5.0 descansando, más bien quien descansaba era el marinero de agua dulce. Sin cañones, pirata y bajo pabellón español. Muy cerca de Riomalo de Abajo.

Me sucedieron unas curiosidades, una que al bajarme del barco me daba la sensación de aún estando pie a tierra me movía, seguía navegando. La otra fue que como había que comer, no lo iba hacer encima del barco de forma incómoda; vi una carrasca tirando a encina y me senté en una gran piedra a su sombra. Poco me duró el asiento porque no hice más que abrir la merendera y acudieron moscas de todo tipo, las peores fueron unas muy pequeñas, estilo tabarro, que picaban como demonios. ¡Al barco a comer!.

Aquí es donde compruebas que eso de marinero de tierra no existe. Puede existir, pero para recoger provisiones.

Gracias al viento de popa la mayor parte del trayecto, tardé 4 horas y media (más o menos) en llegar al final del embalse de Gabriel y Galán, a una media de 6’5 km/h dan como resultado unos 30 kilómetros de recorrido. Contando con los espacios demás al tener que hacer bordadas (cambios de rumbo). Si el recorrido se hace en motora (cosa que no recomiendo y no se si está permitido) serían unos 26 kilómetros.

La vuelta fue un poco complicada, náuticamente hablando y perdonar el lenguaje que atilizo para aquellos que no lo sepan, aún así pondré explicaciones.

Izo velas a barlovento del viento (de cara) en un espacio estrecho que hace no navegar al Spirit of Balanus. Bordadas cortas a derecha e izquierda con poco avance, el viento que me lleva para atrás y doy contra la pared de un cortado… eché manos del remo, que en ocasiones como estas viene muy bien. El río de abre un poco más para dejar el remo y seguir navegando a la vez que cambio de amura (lado del barco), estribor y babor constantemente, es una locura porque estás a merced del viento relativamente fuerte de barlovento en un espacio encajonado.

Un toma y daca de 13 kilómetros de meandros y viento de cara. Navegación dura, nada de paseo bucólico. Eso vendría después.

Con poca luz, como a eso de las 22 horas el viento para completamente, me quedo pinchado, no me muevo; me ayudo un poco con el remo pero rápidamente me percato de que no tengo prisa, no tengo que ir a dormir a casa.

Me tumbo encima de la cubierta y comienzo a ver las primeras estrellas como a eso de las 22’30 horas y aún no he llegado a “la sajunta” o desvío que lleva a La Pesga, estoy en la provincia de Salamanca por su margen izquierda de bajada del río. ¡Estoy lejos de Granadilla! donde quería parar a dormir porque hay una tranquila ensenada por si se levanta el viento norte. Esas eran las previsiones para la madrugada del domingo.

Lo mejor del día: una espléndida noche estrellada de julio encima de un barco en aguas tranquilas. Si me preguntáis que se piensa, os digo que nada, por lo menos yo. Mirar al cielo, ver lucir las estrellas, ver la oscuridad de la orilla, oír croar alguna rana o saltar algún pez buscando su comida, algún mosquito revolotear a tu alrededor (sin necesidad de repelente).

Nada, no pensaba en nada; allí solo observando, disfrutando de un silencio roto en ocasiones por sonidos del propio entorno. Claro, cuando lo cuentas la gente se queda como esperando algo más. No se yo, lo mismo esperan algún príncipe o princesa en un barco dorado tirado por bellísimas sirenas al son de música celestial. Es lo que hay y lo que es, silencio y tranquilidad.

Por tres veces interrumpido por el teléfono móvil.

- ¡Que estoy fondeado y metido en el saco durmiendo! – miente uno en las respuestas-.

Tumbado boca arriba a la luz de las estrellas y navegando lentamente por un canal casi recto de 6’5 kilómetros, con una ligera brisa casi inapreciable de popa (parte de atrás del barco). Y como testigo las dos oscuras orillas.

Salgo del ancho canal y veo que los caza-vientos (lanas que sirven para ver la dirección del viento) cambian de dirección, el viento comienza a soplar de noreste. Me incorporo porque la situación requiere más atención para cazar (tensar) el foque (vela pequeña) y la mayor, comienzo a moverme deprisa.

De pie en la borda de babor (izquierda) y con todos los sentidos atentos para no colisionar con cualquiera de los diversos islotes que hay, me dirijo hacia Granadilla. Con buena velocidad y en ceñida iba yo derrochando algo de adrenalina, la que había acumulado antes viendo las estrellas.

Localizo la península de Granadilla y me dirijo a la ensenada. ¡Pafff!, como por arte de magia el viento vuelve a cero y me toca sacar el remo para llegar a la orilla y arriar velas. Hago estas operaciones y remo para separarme unos diez metros de la arilla para tirar el peso, observo que no toca fondo y me digo: aún así este no se mueve. Me meto en el saco y a dormir que estaba empachado de estrellas, hasta tuve que cerrar el caso completamente porque se me quedaba la cara fría de la marea que corría.

No se cuanto tiempo había pasado dormido, pero al abrir los ojos y mirar a mi alrededor veo la orilla lejos:

- ¡Pero si tengo la orilla a cien metros!.

Sal del saco, rema de nuevo cerca de la orilla y tira el peso. Esta vez me aseguré de que tocara fondo. Hasta las siete de la mañana que me desperté por la claridad de los primeros rayos de sol.

Granadilla al amanecer una freca mañana de julio y con viento que se levanta del norte, en la ensenada nada de nada. Es bueno conocer los lugares para asegurarte un feliz sueño. A las 8 horas suena el teléfono otra vez y le digo a mi esposa que estoy en Membrillares en hora y media.

Izo velas y dirección sur con viento a sotavento (viento por detrás), lo que se llama “empopada”. No puse el Gps por lo que no se la velocidad que llevé, pero aquello cada vez estaba más bravo y yo iba en volandas; por el tiempo que creí tardar debí haber ido a más de 20 km/h. Con esas velocidades en empopada era consciente de que al llegar a tierra podía tener problemas, esto se agravaba porque la sensación de viento iba en aumento. Había que hilar fino para arribar. Esta clase de barco no son como los monocascos de 6 metros de mástil, este tiene 9 metros y recoge mucho viento.

Ahí estaba la dificultad: tierra. Tenía que subir las dos palas y aproar (ponerlo cara al viento) este caballo desbocado, porque con viento estos barcos se convierten en auténticos caballos desbocados.

Solté primero una pala y al poco de llegar a tierra la otra al mismo momento que metía la caña para aproarlo. Entre el movimiento del oleaje y las velas que no recibían viento y se movían locas, el Spirit of Balanus se convirtió en un toro de rodeo americano.

Sin esperar a llegar a tierra salté por la borda de babor para agarrar el estay derecho (cable de acero delantero) y quedarlo manso a favor del viento.

Porque este verano he decidido veranear en mi zona.

¡Que más se puede pedir a un fin de semana!, ¿Quién da más por tan poco?.