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Nacra 5.0 descansando, más bien quien descansaba era el marinero de agua dulce. Sin cañones, pirata y bajo pabellón español. Muy cerca de Riomalo de Abajo.
Me sucedieron unas curiosidades, una que al bajarme del barco me daba la sensación de aún estando pie a tierra me movía, seguía navegando. La otra fue que como había que comer, no lo iba hacer encima del barco de forma incómoda; vi una carrasca tirando a encina y me senté en una gran piedra a su sombra. Poco me duró el asiento porque no hice más que abrir la merendera y acudieron moscas de todo tipo, las peores fueron unas muy pequeñas, estilo tabarro, que picaban como demonios. ¡Al barco a comer!.
Aquí es donde compruebas que eso de marinero de tierra no existe. Puede existir, pero para recoger provisiones.
Gracias al viento de popa la mayor parte del trayecto, tardé 4 horas y media (más o menos) en llegar al final del embalse de Gabriel y Galán, a una media de 6’5 km/h dan como resultado unos 30 kilómetros de recorrido. Contando con los espacios demás al tener que hacer bordadas (cambios de rumbo). Si el recorrido se hace en motora (cosa que no recomiendo y no se si está permitido) serían unos 26 kilómetros.
La vuelta fue un poco complicada, náuticamente hablando y perdonar el lenguaje que atilizo para aquellos que no lo sepan, aún así pondré explicaciones.
Izo velas a barlovento del viento (de cara) en un espacio estrecho que hace no navegar al Spirit of Balanus. Bordadas cortas a derecha e izquierda con poco avance, el viento que me lleva para atrás y doy contra la pared de un cortado… eché manos del remo, que en ocasiones como estas viene muy bien. El río de abre un poco más para dejar el remo y seguir navegando a la vez que cambio de amura (lado del barco), estribor y babor constantemente, es una locura porque estás a merced del viento relativamente fuerte de barlovento en un espacio encajonado.
Un toma y daca de 13 kilómetros de meandros y viento de cara. Navegación dura, nada de paseo bucólico. Eso vendría después.
Con poca luz, como a eso de las 22 horas el viento para completamente, me quedo pinchado, no me muevo; me ayudo un poco con el remo pero rápidamente me percato de que no tengo prisa, no tengo que ir a dormir a casa.
Me tumbo encima de la cubierta y comienzo a ver las primeras estrellas como a eso de las 22’30 horas y aún no he llegado a “la sajunta” o desvío que lleva a La Pesga, estoy en la provincia de Salamanca por su margen izquierda de bajada del río. ¡Estoy lejos de Granadilla! donde quería parar a dormir porque hay una tranquila ensenada por si se levanta el viento norte. Esas eran las previsiones para la madrugada del domingo.
Lo mejor del día: una espléndida noche estrellada de julio encima de un barco en aguas tranquilas. Si me preguntáis que se piensa, os digo que nada, por lo menos yo. Mirar al cielo, ver lucir las estrellas, ver la oscuridad de la orilla, oír croar alguna rana o saltar algún pez buscando su comida, algún mosquito revolotear a tu alrededor (sin necesidad de repelente).
Nada, no pensaba en nada; allí solo observando, disfrutando de un silencio roto en ocasiones por sonidos del propio entorno. Claro, cuando lo cuentas la gente se queda como esperando algo más. No se yo, lo mismo esperan algún príncipe o princesa en un barco dorado tirado por bellísimas sirenas al son de música celestial. Es lo que hay y lo que es, silencio y tranquilidad.
Por tres veces interrumpido por el teléfono móvil.
- ¡Que estoy fondeado y metido en el saco durmiendo! – miente uno en las respuestas-.
Tumbado boca arriba a la luz de las estrellas y navegando lentamente por un canal casi recto de 6’5 kilómetros, con una ligera brisa casi inapreciable de popa (parte de atrás del barco). Y como testigo las dos oscuras orillas.
Salgo del ancho canal y veo que los caza-vientos (lanas que sirven para ver la dirección del viento) cambian de dirección, el viento comienza a soplar de noreste. Me incorporo porque la situación requiere más atención para cazar (tensar) el foque (vela pequeña) y la mayor, comienzo a moverme deprisa.
De pie en la borda de babor (izquierda) y con todos los sentidos atentos para no colisionar con cualquiera de los diversos islotes que hay, me dirijo hacia Granadilla. Con buena velocidad y en ceñida iba yo derrochando algo de adrenalina, la que había acumulado antes viendo las estrellas.
Localizo la península de Granadilla y me dirijo a la ensenada. ¡Pafff!, como por arte de magia el viento vuelve a cero y me toca sacar el remo para llegar a la orilla y arriar velas. Hago estas operaciones y remo para separarme unos diez metros de la arilla para tirar el peso, observo que no toca fondo y me digo: aún así este no se mueve. Me meto en el saco y a dormir que estaba empachado de estrellas, hasta tuve que cerrar el caso completamente porque se me quedaba la cara fría de la marea que corría.
No se cuanto tiempo había pasado dormido, pero al abrir los ojos y mirar a mi alrededor veo la orilla lejos:
- ¡Pero si tengo la orilla a cien metros!.
Sal del saco, rema de nuevo cerca de la orilla y tira el peso. Esta vez me aseguré de que tocara fondo. Hasta las siete de la mañana que me desperté por la claridad de los primeros rayos de sol.
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